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El shock de ser madre de una niña con diabetes
Diabetes

El "shock" de ser madre de una niña con diabetes

La diabetes tuvo un impacto emocional en Renata y su mamá, pero ambas encontraron el sentido de su vida

  • MARILUZ ROLDÁN VERA
  • 04/07/2019
  • 10:40 hrs.

“Afortunadamente encontré el sentido de mi vida con la diabetes, porque pude poner una asociación y estoy ayudando a más gente”, dice hoy con orgullo Ruth Vélez, pero hace ocho años estos no eran los pensamientos que pasaron por su mente cuando se enteró que su hija Renata tenía diabetes tipo 1.  

La diabetes ha ganado terreno en México. Nuestro país encabeza la lista de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de acuerdo con el reporte “Health at a glance 2017”,  ya que 15.8% de los mexicanos que tienen entre 20 y 79 años tienen este padecimiento.

Existen dos tipos de diabetes: la tipo 1 que aparece generalmente en la infancia o la adolescencia y se presenta cuando el páncreas produce poco o nada de insulina, y la tipo 2 que puede registrarse a cualquier edad y da porque el cuerpo no puede procesar de manera correcta la glucosa en la sangre.

Aunque se sabe mucho sobre esta enfermedad, uno de los aspectos menos analizados es el impacto emocional que genera tanto en el paciente como en su familia, más cuando es un niño quien tiene diabetes, como en el caso de la familia Cuéllar Vélez.  

Cuando Renata tenía 10 años debutó en diabetes tipo 1 y desde entonces todo cambió en su hogar. Fue como empezar de nuevo, ya que tuvieron que modificar su estilo de vida, aprender todo lo necesario sobre esta enfermedad crónico degenerativa y sobrellevar los altibajos que conlleva.

“Saber que mi hija tenía diabetes fue muy abrumador para mí, me sentí muy triste, muy enojada, empezamos a pensar por qué a mí; sin embargo, era más importante aprender todo lo que teníamos que saber para su tratamiento que deprimirme”, afirma Ruth Vélez, quien desde hace ocho años ha acompañado a  Renata en esta batalla.

Renata, delgada, de cabello largo y piel apiñonada, es una joven sonriente que disfruta de la vida. Ella relata que quizá por el shock que sintió, bloqueó algunos momentos de cuando se enteró que tenía diabetes.

“Lo que sí me acuerdo, poquito después, como al año, fue que me empecé a enojar mucho, me puse triste, me frustré. En particular estaba  muy enojada, en general, mi humor era horrible, estaba muy enojada con todos y por todo”, dice.

Estuvo en esa etapa seis años aproximadamente, "duré bastante, hasta el año pasado o antepasado fue cuando empecé ya a asimilarlo. Yo creo que por la misma edad, ya que agarras madurez, entiendes más las cosas y aprendes”.

Gisela Ayala Téllez, directora ejecutiva de la Federación Mexicana de Diabetes A.C., explica que cuando se da un diagnóstico relacionado con una enfermedad que es incurable, esta palabra llegó para quedarse, lo que da pie para que la persona y sus seres queridos vivan un duelo, el cual incluso es deseable, ya que es el punto de partida para reorganizarse física y mentalmente que  hasta llegar a la aceptación.

La aceptación es cuando tú dices: ‘vivo con diabetes y hago lo necesario, voy a aprender lo que tenga que aprender, voy a cambiar mi estilo de vida para poder manejar mi condición. Cuando estás en ese momento es cuando la Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Diabetes han identificado que es el mejor momento para que el paciente pueda apegarse al tratamiento”, enfatiza.

Renata Cuéllar Vélez

“Una persona con diabetes puede llevar una vida normal”

Ruth,  es un ejemplo de cómo las madres sacan fortaleza de cualquier parte con tal de que sus hijos estén bien. Ella recuerda que cuando supo de la enfermedad de Renata, empezó a tomar educación en diabetes y a pesar de que le daba miedo, aprendió a inyectar a su hija.

Juntas comenzaron a aprender también todo sobre el conteo de carbohidratos, sobre el ejercicio que debía hacer y todas las medidas necesarias para que pudiera hacer su vida normal.

Ayala Téllez explica que el impacto emocional es más fuerte en el caso de los papás que tienen un hijo con diagnóstico de diabetes tipo 1, ya que  se considera que el niño está en una situación vulnerable y muchas veces todavía no se puede hacer cargo de su propia condición.

“Fueron seis meses en los que yo me sentí triste, sobre todo muy sacada de onda. Me preguntaba ¿qué hice?, ¿qué hicimos mal?. Generalmente la gente te empieza a decir: 'es que tú le diste mal de comer', por lo mismo, la desinformación. La diabetes tipo 1 no tiene nada que ver con los hábitos alimenticios ni con el sedentarismo, la tipo 2, sí”, comenta Ruth.

El camino no fue fácil para ella, ya que tuvo que enfrentar sola este proceso. Su ex esposo decidió irse a vivir a Jalisco y prácticamente se desentendió de sus dos hijos. Aunque vivió muchos problemas porque tuvo que dejar varios trabajos y fue un reto salir adelante, hoy sonríe y afirma que encontró el sentido de su vida.

En 2014, fundó la organización Con diabetes sí se puede, que atiende a niños, adolescentes y adultos con diabetes tipo 1. Tienen cinco programas, entre los que hay un campamento para niños con diabetes y un programa para menores de escasos recursos, a quienes apoyan con tiras reactivas, insulina y monitoreo de glucosa.

Campamento de la organización Con Diabetes sí se puede

El trabajo que realiza Ruth a través de esta organización también ha sido de gran ayuda para Renata, quien al participar en las acciones que emprenden se dio cuenta que no está sola en esto, ya que hay otros niños y jóvenes que pasan por las mismas cosas que ella.

“Mi mamá tiene una asociación y hace  campamentos, entonces siempre que los hace es como una motivación para mí, porque yo voy, ya sea de campista o de asesora para los niños.

Me ayuda mucho, me motiva mucho. Conozco a niños de cinco años hasta grandotes que están perfectos y conocen el tema”, dice Renata, quien a sus 18 años tiene muchos planes a futuro.

Mientras narra cómo ha sido su experiencia viviendo con diabetes, ella come un sandwich y bebe un refresco sin azúcar, los saborea sin preocupación. Ambas tienen clara la cantidad de carbohidratos que hay en esos alimentos, pero saben que es lo que su cuerpo necesita para mantener estables sus niveles de glucosa, porque está a punto de entrar a su clase de ballet.

Actualmente, estudia teatro musical, le cambia el semblante al hablar de su experiencia cuando está sobre el escenario, incluso su rostro se ilumina cuando menciona también que  sueña con ser cantante de jazz.

Justo antes de salir corriendo hacia su clase, saca de su bolso la insulina, después la jeringa, se descubre su brazo izquierdo y con gran habilidad introduce la aguja en su músculo. Como si nada, observa cómo la sustancia entra poco a poco en su cuerpo.

“Yo digo que una persona con diabetes puede llevar una vida normal, porque ya lo he comprobado. Muchas personas me dijeron: 'no, cómo vas a estudiar teatro musical, estás loca, tiene un montón de ejercicio, es acondicionamiento físico muy fuerte, tienes que tener mucha condición, disciplina para hacer eso, porque es muy duro, es constante' y yo les dije: 'no, sí puedo, por qué no'. Hasta ahorita ya llevo año y medio en la carrera y estoy enterita”, resalta contenta.

Ruth se despide de su hija con un beso. Entonces comienza a contar con satisfacción sobre la organización que encabeza, en la cual actualmente también se imparten algunos talleres en los que ayudan a todos a saber más sobre la enfermedad.

Menciona que una parte fundamental es dar a conocer que este padecimiento no es un freno para llevar una buena calidad de vida y justamente eso es lo que trata de reflejar en su asociación: “Nuestra organización se llama Con diabetes sí se puede, este nombre justo lo pusimos porque mucha gente piensa que con diabetes no pueden hacer muchas cosas y sí se puede hacer todo”.  



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