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México creó una escuela original contra la Lepra

En el país se creo el primer grupo del mundo que comenzó a atender la lepra como un problema médico-social.

  • 25/01/2013
  • 16:26 hrs.

Si la lepra se pudo erradicar de México a finales del siglo XX fue gracias al trabajo de un conjunto de médicos que laboraron arduamente desde 1937 para fundar lo que sería un grupo innovador de estudio y atención clínica llamado Escuela Mexicana de Leprología. 

 
Este fue el primer grupo del mundo que comenzó a atender a la lepra como un problema médico-social, que requería una atención interdisciplinaria para los pacientes, no solo limitarse a los síntomas biológicos.
 
Nunca se podrá saber cuál fue el momento de la historia en el que más personas con lepra habitaron lo que hoy es México, pues durante siglos se ocultaba o recluía a las personas con esa enfermedad. El dato de mayor confiabilidad fue recabado en 1962, cuando se levantó el mayor conteo oficial de pacientes mexicanos con lepra, que sumó a 7 mil hombres y mujeres infectados con la bacteria Mycobacterium leprae que destruye tejidos de piel, músculo y sistema nervioso periférico.
 
En la actualidad, una de las clínicas más concurridas de la Ciudad de México, localizada en la Colonia Buenos Aires, alberga la memoria del nacimiento y esplendor de la Escuela Mexicana de Leprología. El nombre de este sitio es Centro Dematológico Ladislao de la Pascua, dependencia  de la Secretaría de Salud del Gobierno del Distrito Federal.
 
El Centro Pascua comenzó a funcionar en 1937 como Dispensario Leproso y fue testigo de un momento histórico, en 1946, cuando comenzó a utilizarse en México el medicamento promín, que fue la primera droga sulfónica que demostró ser efectiva para controlar este mal ancestral. Esta medicina había comenzado a usarse experimentalmente en Los Ángeles, Estados Unidos, en 1941, pero  llegó a México gracias al sostenido interés del médico y profesor Fernando Latapí para encontrar curas a esta enfermedad.
 
Breve antecedente histórico
La lepra es una de las enfermedades que llegaron a América al mismo tiempo que los españoles, junto con la viruela, el sarampión y la sífilis. Existen antecedentes de su presencia en Egipto, China y Medio Oriente desde que aparece la escritura, pero sus efectos más famosos y devastadores ocurrieron en la Europa de la Edad Media, donde la enfermedad se combinaba con la insalubridad y la pobreza, multiplicando el número de infecciones y decesos.
 
Sólo en Francia, durante la Edad Media, había más de 2 mil casas destinadas a enfermos de lepra. Debido a la poderosa influencia de la iglesia católica y a la cosmovisión bíblica, esta infección se consideraba como un castigo divino y era acompañada de segregación y rechazo social. La leprosería típica estaba rodeada de un muro; tenía una pequeña capilla de piedra, numerosas y pequeñas casas de madera y un cementerio. Se ubicaban en los caminos principales de salida de las grandes ciudades para que así los enfermos pudieran mendigar limosna como derecho a tránsito.
 
Es probable que el padecimiento haya llegado al Nuevo Mundo por medio de conquistadores europeos y esclavos africanos pues los primeros registros históricos proceden de la Colonia. En el siglo XVI, ante la proliferación de enfermos de lepra, el Virreinato creó asilos o leprosarios donde se atendía a los enfermos. Como aún no existía ninguna cura contra este padecimiento, los leprosos eran excluidos permanentemente en los “lazaretos”, sin que se tomara alguna medida preventiva.
 
En el año 1789 el Tribunal del Protomedicato implementó las primeras acciones para frenar la lepra y otras enfermedades contagiosas en lo que era la Nueva España, por medio de órdenes estrictas para el manejo de aguas negras, la vigilancia nocturna en las calles y el control de perros callejeros.
 
Estas medidas sanitarias se mantuvieron casi sin modificación más de siglo y medio, en el cual los enfermos de lepra eran muertos vivientes, aislados y sin esperanza de cura, los cuales acudían a los dispensarios médicos sólo para recibir algún tratamiento paliativo, como el aceite de chaulmoogra, que años después fue calificado por el doctor Fernando Latapí como “el fraude mayor de los siglos” en el combate a la lepra y ordenó no usarlo para sus pacientes, no sólo por su ineficacia, sino por su actividad francamente nociva para los casos lepromatosos.
 
De dispensario a Clínica y Escuela
El Centro Dermatológico Pascua inició sus actividades en enero de 1937 como Dispensario Antileproso, como parte de una política pública llamada Campaña Contra la Lepra. Se le dio el nombre de un Médico mexicano del siglo XIX, el Dr. Ladislao de la Pascua, penúltimo Director del Hospital de San Lázaro, autor del primer trabajo sobre la lepra publicado en nuestro país, en 1844.
 
Desde el principio hasta el 29 de octubre de 1982, el director de ese centro fue el profesor Fernando Latapí. Además del director formaban el resto del personal un médico auxiliar, una administradora, cuatro enfermeras, una mecanógrafa, un conserje, un chofer y un peluquero, en total 11 personas.
 
Al fundar la Asociación Mexicana de Acción Contra la Lepra, en 1948, se estableció una pequeña biblioteca, con libros que donó el Dr. Latapí y otros que poco a poco se fueron consiguiendo. Tiempo después el Dr. Maximiliano Obermayer, profesor de Dermatología en California, donó su biblioteca. Actualmente la Biblio-hemeroteca del Centro Dermatológico Pascua es en Dermatología, una de las más completas del país.
 
La mayor parte de los enfermos de lepra eran enviados por el Servicio de Dermatología del Hospital General de México, algunos por los consultorios de la beneficencia y otros, los menos, se descubrían por “denuncia”. En el dispensario se les estudiaba y clasificaba y cuando eran infectantes se les convencía (nunca se utilizaron medidas coercitivas) de que lo mejor para ellos y para su familia, era que se internaran en el sanatorio “Dr. Pedro López”, de Zoquiapan, Méx.
 
Desde un principio se tuvieron conceptos e ideas madres acerca de los aspectos sociales de los enfermos de Lepra. La historia leprológica que se hacía en el dispensario, incluía además de los datos clínicos, el “estudio personal, familiar y social del enfermo” así como la “situación creada por la enfermedad”, que fueron vistos éstos, con poca simpatía por las autoridades sanitarias encargadas en aquella época de la Campaña Contra la Lepra. Hoy, estos aspectos sociales del enfermo, se consideran tan importantes, que en los últimos Congresos Internacionales de Leprología, se dedicado un día especial a tratar temas relacionados con ellos.
 
En 1940 se inicia en el Centro la Escuela Mexicana de Leprología, encabezada por el profesor Latapí, junto a sus discípulos Ernesto Escalona, Concepción Estrada, Silvestre Rico, Francisco Hernández Zurita, Vicente Montaño, Isabel Palomo, Joaquín Castillo y José Barba Rubio.
 
El doctor Barba Rubio llevó posteriormente este esfuerzo contra la lepra al occidente del país. En Guadalajara fundó un instituto en el que impulsó la enseñanza a la atención integral a la lepra (médica, psicológica y social).
 
Al grupo inicial se fueron sumando en los años siguientes, entre otros, Obdulia Rodríguez, Manuel Malacara, Josefa Novales, Amado Saúl, Eduardo Castro, Octavio Flores en México, Jorge Vega Núñez en Morelia, Juventino González en Monterrey, Oscar Germes Leal en Chihuahua.
 
Los objetivos principales de la Escuela Mexicana de Leprología, que después fueron replicados en diferentes partes del mundo fueron:
  • Enseñanza de la Leprología a Médicos, Estudiantes de Medicina, Enfermeras y Trabajadores Sociales.
  • Desaparición de las leproserías.
  • Abolición de las leyes drásticas de segregación de las personas enfermas
  • Manejo integral y natural de los pacientes
  • Internamiento en servicios generales
  • Impulso al servicio ambulatorio
  • Y desde 1951, conteo y catastro de pacientes.
En aquellos años no existía medicación eficaz para la lepra, hasta 1941 cuando se usaron exitosamente las primeras drogas sulfónicas en Estados Unidos.
 
El Dispensario Antileproso funcionó hasta el 2 de enero de 1951. La lepra había dejado de ser incurable, uno de los más significativos del siglo XX, porque vino a modificar el concepto de lucha contra este padecimiento al reafirmar por una parte, lo inadecuado de las leproserías y por otra a destacar la conveniencia de descubrir casos incipientes que manejados oportunamente hicieran innecesaria su rehabilitación física y social y que uno de los medios para lograrlo era la consulta dermatológica. Fue así como el Dispensario Antileproso se convirtió en Centro Dermatológico.
 
En 1960 los doctores Latapí y Barba Rubio  fueron encomendados a dirigir el Programa de Lucha contra la Lepra en el país y se hicieron cargo de éste de 1960 a 1962. Ellos le cambiaron el nombre de “Campaña contra la Lepra” por el de “Programa para el Control de las Enfermedades Crónicas de la Piel”.
 
Este esfuerzo llevó a implementar un Programa de Capacitación de tres meses de duración para el personal médico y de enfermería, de las 39 brigadas encargadas de atender el problema en las zonas endémicas de México. Durante ese lapso de 3 años, en dichas brigadas descubrieron 7 mil enfermos, cifra superior a la detectada en los 30 años anteriores y comenzó la atención sistemática de ellos hasta alcanzar su curación y erradicar la enfermedad de este país.
 
La consulta del Centro Pascua se fue prestigiando conforme pasó el tiempo, hasta que llegó un momento en que el inmueble fue insuficiente, por lo que la Secretaría de Salubridad decidió construir uno nuevo, ubicado en avenida Doctor Vértiz 464, que empezó a funcionar desde el 18 de octubre de 1976, que atiende diariamente a 600 pacientes de diferentes padecimientos dermatológicos.
 
* Este artículo fue elaborado con información del Centro Dermatológico Ladislao de la Pascua y del libro Historias a Flor de Piel

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